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La humildad no es lo que creías

Llevo dos semanas dando vueltas al concepto de humildad. Un día me vino a la cabeza y desde entonces lo leo y lo oigo por todas partes.

Hay que ser humildes, decían en mi cole.

Las chicas sobre todo. Que no se nos note que hacemos las cosas bien, no sea que alguien se moleste.

Destacar es pretencioso. Sobresalir es ser un blanco perfecto. Para las críticas, para las burlas. Para la envidia de la gente.

Por eso es mejor ser humildes. Pasar por la vida cabizbajas, haciendo lo justito para sobrevivir.

¿Verdad?

No es extraño que hayas oído alguna vez cualquiera de estos mensajes.

Pero no, la humildad no es lo que tú creías. No es lo que nos hicieron creer.

Aunque en su acepción tercera, la RAE dice que es sinónimo de sumisión, en la primera nos la presenta como la virtud de conocer nuestras limitaciones y obrar de acuerdo a este conocimiento.

Conocer tus limitaciones no tiene mucho que ver con esconder tus virtudes. Nada que ver, de hecho.

Hace una semana fue el primer aniversario del fallecimiento de mi abuelita. Fuimos a una misa en su memoria organizada por la familia, y el cura habló de humildad.

Lejos de repetir el mantra de esconder nuestras virtudes al que estamos acostumbrados, dijo una frase que me pareció brillante.

Dijo que no había que aparentar lo que uno no es, sino que había que ser humildes, que no es otra cosa que decir la verdad. Decir lo que somos. Ni más, ni menos.

Ajá, ni menos.

Amiga, esto marcó la diferencia y me dio un chispazo en el cerebro.

Lo de que el postureo está feo ya lo sabíamos, pero ojo aquí, que es que también es importante no ir por la vida haciendo como que somos (o valemos) menos de lo que realmente somos.

Esta parte cuesta muchísimo. Lo sé porque lo sufro a diario.

Es una lucha constante contra ti misma. Tú sabes que tienes algo que enseñar al mundo, que puedes ayudar a mucha gente con lo que haces, pero como lo haces tú y lo haces todos los días acabas por no darle importancia.

Me pasa mucho, por ejemplo, con el libro. Escribí un libro de costura en 2015. Me llevó muchos meses de trabajo, pero es un libro para iniciarse en la costura, así que no me parece que haya hecho nada del otro mundo.

Mucha gente me dice que, no a cualquiera le contacta una editorial, le propone escribir un libro y luego se lo publica. Ya, si lo pienso así me considero muy afortunada, pero sigo sin pensar que haya inventado la sopa de ajo.

Sin embargo, cada vez que una blogger que yo sigo anuncia que ha escrito un libro, wow, me parece la leche, la felicito y me alegro muchísimo.

No le doy el mismo valor si lo hago yo.

Y no. Esto no es humildad. Es una faena.

La humildad tiene más que ver con reconocer nuestras propias carencias, como decía la RAE.

Como por ejemplo, reconocer que no tengo ni idea de diseño y que la identidad de mi marca la tiene que hacer un profesional.

Es una cosa interesante para practicar esto de la humildad, pero me parece peligroso como valor a la hora de emprender.

Quiero decir, que hay que tener cuidado con no malinterpretar el significado, como muchas veces hacemos, porque presentarnos ante el mundo como alguien menos capaz de lo que en realidad somos no es sino ponerse una zancadilla gorda antes de empezar.

Sigo en el camino de encontrar el equilibrio para mostrar quién soy realmente. Pero es muy complicado, pues en realidad la gente no te ve como tú eres, sino como ella se ha imaginado que eres.

¿No te pasa que hay un personaje público que te cae mal? Si no te ha hecho nada, ¿por qué tenemos ese sentimiento?

Seguramente porque nos recuerda a alguien que nos cae mal, porque ha hecho algo propio de alguien que nos caería mal… Y cualquier cosa que haga nos parecerá mal.

Pues lo mismo pasa en internet. Si alguien ha decidido que le caes mal, nada le hará cambiar de opinión, por más que intentes mostrarte con tu verdadero yo, que seguro que es genial y rompedor.

Así que, ¿para qué esforzarse en convencer de que eres genial a la gente que ya ha decidido que eres una caca?

Humildad. Mostrémonos tal como somos. Ni más, ni, sobre todo, menos.

¿Te cuesta lanzar tu marca al mundo o vender tus productos por la humildad mal entendida?

 

 

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Categorías: Emprender

3 comentarios

  1. Gema
    17 noviembre, 2017

    Hola Sylvia! Interesante reflexión. Efectivamente las chicas, especialmente las cuarentonas como yo, hemos sido educadas en eso de “no seas descarada, la boquita cerrada, mejor pasa desapercibida” cuando en realidad todas nosotras tenemos algo que aportar al mundo, algo que la de al lado no sabe y a nosotras se nos da de maravilla. Lo que sea: coser, escribir, dibujar, cocinar. Pero Ay! si se te ocurre decirle a alguien: “no veas lo bien que me lo paso escribiendo y lo bien que se me da”, o “vas a flipar con lo bien que cocino, vente a mi casa a cenar” o “¿sabes que he ganado un concurso de dibujo?” Ya serás una pretenciosa, una creída, una vanidosa. Pero ¿por qué? Si usas palabras asertivas, sin herir a nadie, sin querer humillar, ¿por qué no es aceptable explicar tus cualidades? Va en el Pack de adquisiciones infantiles, supongo…

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  2. isabel juan
    18 noviembre, 2017

    Muy interesante,y una gran verdad.Muchas gracias me ha gustado mucho.

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  3. Elia Ramos Soria
    21 noviembre, 2017

    Pues sí que cuesta, sí. Y lo peor de todo es que cuando estás en el camino de mostrarte tal cual y empiezas a saborear el gustillo de lo divertido que es todo esto, algo te hace retroceder de golpe y dar un paso atrás. Como una vocecilla que te dice “pero dónde vas, calamar, si sólo eres tú y tú no eres tan guay como todos esos que ves ahí cada día”. Pero por suerte hay gente que se dedica a escribir cosas como las que tú publicas y dices “si ellos han podido, ¿porqué yo no?” y empiezas a trabajar con más fuerzas y a mimar más cada cosa que haces para que todo el mundo sepa que hay detrás del nombre que has elegido para tu marca. Y así, poquito a poquito, acabas mostrandote tal y como eres y te das cuenta que no hace falta gustar a todos, sino simplemente mimar a quien quiera ser mmimado con tu trabajo.

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